En el año 1900 la Hermandad de de las Siete Palabras, protagonizó algunos actos de protesta por haber sido colocada la última en
la nómina del día. En primer lugar los nazarenos apagaron los cirios en Carrera Oficial, y las Bandas de Música que acompañaban al crucificado y a la Virgen de la Cabeza abandonaron sus puestos justo antes de entrar en Campana, en la plaza del Duque. Por otro lado la Hermandad llegó con un notario al palquillo para que tomara nota de la hora en la que se había pedido la venia y así demostrar que el retraso producido en jornadas anteriores en ninguna forma fue producida por la corporación de San Vicente. La cofradía estuvo esperando un buen tiempo antes de entrar en Carrera Oficial, se ha habían fijado un límite de tiempo, en concreto media hora, para regresar a su templo sin realizar la estación de penitencia, si no podían continuar. Solo quedaban cuatro minutos para cumplir lo acordado, aunque finalmente realizaron la Estación de Penitencia a la Santa Iglesia Catedral. A pesar de todo, el Arzobispo de Sevilla, estuvo presidiendo la cofradía, en gesto de buena voluntad hasta el templo Catedralicio. Imaginamos que su presencia en momentos críticos como el vivido en la plaza del Duque, ayudó para que la Hermandad no tomara medidas más drásticas que las que decidió.
En los primeros tiempos de la Corporación, cuando se estaba construyendo la Capilla ocurrió un hecho prodigioso. En plena construcción, en el hueco de un pozo, que allí mismo se había encontrado, hallaron una imagen de la Madre de Dios. Esta imagen fue expuesta al culto por petición de todo el mundo, hasta que la robaron. Durante mucho tiempo esta imagen estuvo perdida, pero parece ser que dicha talla es la que se venera con la advocación del Monte Carmelo en la parroquia de San Lorenzo. Es una escultura de pequeño tamaño realizada en alabastro que está situada entre la puerta principal de la iglesia, la de la plaza, y la capilla que actualmente ocupa la Hermandad del Dulce Nombre.
A principios del mes de agosto del lejano año de 1721, los miembros de la Junta de la Hermandad decidieron, viendo el estado en que se encontraba su capilla, derribarla y construirla de nuevo. Se hizo tal derribo y se advirtió que el trozo de lienzo contiguo al que acababan de demoler, y que llegaba hasta la misma puerta de la iglesia, amenazaba ruina. En resumidas cuentas el 15 del mismo mes se decidió acabar con todo lo que presentase un estado dudoso de conservación. Pero bien porque las obras no fueron comandadas como Dios manda o porque aquello estaba peor de lo que se pensó en un primer momento, lejos de evitarse el peligro a las nueve de la noche del día siguiente ocurrió lo que tenía que pasar: se hundió todo, incluso la desafortunada desgracia se llevó consigo hasta los corredores de la casa inmediata y propiedad de la hermandad. Por un milagro de la Virgen allí no pasó más que el daño material, y no hubo que contar males mayores. La Virgen de la Cabeza fue situada en la capilla del Sagrario del Carmen, y las demás fueron repartidas por los domicilios de algunos de los hermanos más importantes de la corporación, hasta que llegado el momento pudieron de nuevo estar todas juntas en el mismo templo.
A partir de 1859, tras varios altibajos, se reorganiza, si bien no volvió a hacer estación de penitencia hasta 1864, año en que la efectuó con un paso en que figuraba un Crucificado, las tres Marías y la Dolorosa. Dos años después, al clausurarse el convento del Carmen, se trasladó a San Vicente, donde sería impulsada en las décadas siguientes por un grupo de jóvenes, entre los que destacaba el historiador José Bermejo y Carballo. Precisamente por gestión de Bermejo se consiguió la cesión por el Arzobispo del actual Crucificado de la corporación nazarena, que procedía de la desaparecida iglesia de San Francisco de Paula, y probablemente fue imagen titular de la extinguida corporación de la Preciosísima Sangre de Cristo.
Se sabe que en 1868 dicha imagen fue inicialmente cedida en calidad de depósito por la autoridad eclesiástica a José Marías Cisneros para que presidiera un oratorio privado. No obstante, al producirse el fallecimiento de Cisneros, su hijo hubo de trasladarse de domicilio y no poseía espacio en la nueva casa donde tributarle culto; ante esta circunstancia la hermandad inició gestiones con el Arzobispado para su cesión que fructificaron el 5 de octubre de 1881, fecha en que se autorizó que la citada imagen recibiese culto de la reorganizada corporación nazarena.
Anécdotas por: Francisco Vergara